5th
June
2008
No hay nada más crispante que estas irritaciones cutáneas que sobrevienen sin razón aparente y que impulsan irresistiblemente a rascarse, a veces hasta llegar a hacerse sangre. Pueden ser calmadas rápidamente mediante la aplicación de compresas embebidas en una decocción de achicoria silvestre (10 gramos aproximadamente por cada litro de agua).
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5th
June
2008
Es una de las preocupaciones principales de los hombres una vez pasada la treintena. Algunos se lo toman a risa… falsa la mayor parte de las veces; otros se arruinan comprando lociones de una eficacia que lo es todo menos efectiva. Las dos preparaciones que siguen tienen sobre todo la ventaja de ser perfectamente naturales, de poder ser confeccionadas en casa y, finalmente, de poseer una acción que, si bien no es espectacular, no deja de ser real a condición de que el tratamiento dure el Leer el resto del artículo »
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Clasificado en Caída de cabello |
5th
June
2008
Estos grandes botones deben madurar a fin de que el absceso pueda vaciarse. Varias cataplasmas naturales pueden ayudar a ello.
-Tomar algunas hojas de repollo, lavarlas cuidadosamente; quitar la nervadura central, luego aplastarlas con el rodillo de pastelero de modo que puedan soltar su jugo. Hacer un emplaste, que se aplicará sobre el botón.
-Es Jean Palaiseul (op. cit.) quien da este medio de apresurar la maduración de estas grandes erupciones extremadamente dolorosas: «Hacer cocer bajo las cenizas, durante quince a veinte minutos, un blanco de puerro envuelto en papel mojado o en una hoja de repollo; aplastarlo con manteca de cerdo no salada y aplicarlo como cataplasma, que deberá renovarse varias veces al día».
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5th
June
2008
Son el resultado de las largas caminatas y el tributo que hay que pagar muy a menudo por unos zapatos
nuevos.
-Tomar algunas hojas hermosas de repollo, limpiarlas con agua fría y cocerlas en medio litro de leche. Dejar enfriar y aplicar la pasta así obtenida sobre la parte afectada. La ampolla debe reabsorberse sin que la epidermis caiga, dejando en vivo la dermis.
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4th
June
2008
Atareada alrededor de sus cazos y ollas o inclinada sobre el huerto en un rincón de su jardín, esta abuela cuyo recuerdo evocaba un poco más arriba tenía siempre una amplia sonrisa para recibirme al regreso de mis peligrosas expediciones, y sabía calmar con una palabra tierna mis lágrimas de aventurero arañado por las zarzas o asaetado por los aguijones de las avispas.
Estas pequeñas heridas no me preocupaban, como tampoco me preocupaban las enfermedades benignas de las que son víctimas a menudo los niños. Nunca la vi molestar al «señor doctor» para acudir en mi ayuda. Poseía las recetas suficientes como para prescindir de él.
Vamos a mirar el «libro», decía ella, limpiándome los ojos con una esquina de su delantal. Y, tras hojear su precioso cuaderno, preparaba enseguida una decocción o un emplasto, que me aliviaban casi instantáneamente.
Aún es posible hacer como ella, y si las «recetas» que siguen no son las de mi abuela, podrían haberlo sido, tan sencillas y eficaces son.
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